NO SE PUEDE ESCRIBIR POESÍA DESPUÉS DE SENDERO Y EL MRTA
imaginarios y poéticas de la generación del 90
José Luis Velásquez Garambel
EN LA FOTOGRAFÍA: Walter Paz quispe Santos, Walter Bedregal Paz, Marco Martos, Rudry Frisancho y José Paniahua Núñez.
En “Escuela, maestro y conflicto interno” (2007), he tratado, hace algunos años, de brindar un panorama de la violencia social que sumió al altiplano entre las décadas del 80 y 90, y con mayor detalle en mi tesis doctoral; en lo que concierne a la poesía de “fin de siglo” he dedicado un pequeño espacio, a modo de galería, en “Beso de lluvia” (estudio de la literatura puneña - 2008), reservándome su tratamiento acaso por la complejidad del tema. Sin embargo, es Walter Bedregal Paz quien ha iniciado con la difusión de la obra de esta magnífica generación, a través de su Editorial Hijos de la Lluvia y de su hermosa selección “Aquí no falta nadie”, en segundo lugar Fidel Mendoza con Antología del Cinerario y Gabriel Apaza con la revista el Consejero del Lobo y finalmente Luis Pacho y Víctor Villegas con El Pez de Oro, todos miembros de la generación del 90 y en cuyos trabajos me baso para esta breve nota.

en la fotografía: Walter Bedregal y Darwin Bedoya
Me une a la poesía de la generación no solo el periodo compartido o las actividades efectuadas al unísono, sino el profundo respeto que guardo por cada uno de sus integrantes, poetas con sencillez y gran calidad humana, comprometidos social y literariamente. Juntos aprendimos que la vida da golpes duros y fuimos testigos de los cambios sociales que delinearon a las nuevas generaciones y que hicieron que nuestras sensibilidades se hagan más humanas. Compartimos vivencias, viajes, actividades, en todo momento. Además de heredar una rica tradición literaria como es la puneña, que en el caso de los 90 fue trasmitida por el Taller de Poesía Carlos Oquendo dirigida por Boris Espezúa y Alberto Cáceres, quienes lograron enriquecer los imaginarios de buena parte de los integrantes de esta generación.
Las victimas de Sendero, del MRTA y del Ejército se cuentan en el Perú por miles, Puno no escapa a ello. Después de tanto dolor y de tanta crisis moral ¿Qué acontece con la palabra cuando se acerca a la violencia extrema? ¿Qué ocurre con la literatura, y con ella, con las poéticas y el mal radical? He tomado una sentencia lapidante de Theodor Adorno “No se puede escribir poesía después de Auschwitz” para el título de este pequeño esbozo, y la pregunta incisiva de Maurice Blanchot “¿Cómo es posible la literatura después de tanto desgarro?” pensando, particularmente, en el instante en que la poesía se convirtió en la única tabla de salvación para quienes vivimos este período, así como Adorno y Blanchot enfrentaron el horror inenarrable de la Shoáh y expusieron con provocadora contundencia el colapso de la integridad de la lengua, luego del suceso límite de la “solución final” acontecida en los campos de exterminio nazi, sin grado alguno, en el Perú también vivimos nuestro propio desgarro, ahí radica el límite de ambas preguntas.

EN LA FOTOGRAFÍA: Víctor Villegas y Luis Pacho.
La poesía de esta generación inicia en 1992, con la aparición de Desatando penas, de Simón Samuel Rodríguez Cruz, un poemario de belleza y derroche de lirismo cuyo motivo son los anhelos de libertad, y la identidad en el marco del sufrimiento social, se trata de una poesía cuyo universo ideológico gira en torno a las preocupaciones sociales del período.
En Juliaca, hacia 1996 aparece Herejías de Fidel Mendoza Paredes, quien previamente había publicado Impresa taciturna (1993), algunas plaquetas y la colección de poesía puneña Antología del cinerario que acogió a los poetas que se iniciaban, su poesía es goza de una profundidad y de una riqueza visual muy singular, una verdadera cartografía visual experimentalista. Posteriormente, un año más en 1997, sale a luz Valle Interior de Rudy Augusto Frisancho Gallegos, en cuyos textos poéticos se notan las cadencias rítmicas.
Luego, iniciado ya el nuevo siglo, aparece Aporía, la duda de la Luciérnaga o sus heridas deshojadas de Gabriel Apaza, eminente promotor cultural que entre otras revistas dirigió El Consejero del Lobo, revista de literatura. En su poesía obliga al lector a migrar a territorios donde la sola imaginación es capaz de llegar.
En el 2004 la aparición de Geografía de la distancia de Luis Pacho Poma, también amante de la cultura, además de dirigir la revista de Literatura El Pez de Oro. El autor alcanza una voz propia, poseedora de la pureza de la palabra y una clara contundencia de las imágenes que no son otra cosa que la poesía trabajada.
En el 2010 El Obituario del Búho de Walter Paz Quispe Santos, a pesar de ser uno de los poetas con buena presencia cultural en la década del 90, y que hiciera conocida su poesía en varias revistas del período, es recién en los dos mil en que publicaría orgánicamente su obra poética.
En el 2011 Darwin Bedoya, con “El libro de las sombras” obtuvo el Premio Copé de oro; trabajo considerable en relación a la complejidad de su estructura textual, casi inmediatamente reaparece Víctor Villegas Árias, con un libro también orgánico y esperado desde inicios de los 90, se trata de un poeta que ha explorado la mitología andina para poetizarla, en la misma vera que Omar Aramayo y Churata, originariamente.
En los 90 convergen poetas de magnífico registro, cuyas poéticas transitan entre el dolor, la resistencia cultural, los problemas políticos, y la violencia interna, quizá (sin ser chauvinista) de mayor riqueza en el Perú, estamos seguros que en un futuro no muy lejano se iniciarán con los trabajos sobre este período y tendremos un panorama mayor, ya que aun no existen trabajos orgánicos y académicos al respecto, pese al gran esfuerzo de Walter Bedregal, Luis Pacho y Víctor Villegas.

EN LA FOTOGRAFÍA: Darwín Bedoya, Walter Bedregal, Yudio Cruz, José Luis Velásquez, Luis Pacho, Víctor Villegas, Pio Mamani Chambi y otros.
Aun, algunos miembros de esta generación como Hugo Lipa, Edy Oliver, Edwin Ticona (Erdy Flores), Edwin Sucari tienen una deuda con la publicación de su obra orgánica, ya que pese a la riqueza de su poesía solo han publicado pequeñas muestras, así como las poetas mujeres quienes también desarrollaron actividad poética como Liliana Quinto aún no han publicado sus obras.
Otros poetas como Fernando Terral (René Challapa) y Paulo César Larico nos dejaron tempranamente en esta época de violencia; otros como Luis Rodríguez Castillo y Rubén Soto (que vivieron en Arequipa) pertenecen también a este periodo, su registro, sin mezquindades, obedece a una calidad que enriquece a la poesía puneña.
Ahora bien, si tendríamos que hablar del registro, de los rasgos distintivos y los espacios propios de cada poeta, necesariamente requeriríamos de mayor espacio. La poesía puneña goza de un caudal rico que hace que Puno siempre esté presente en todo panorama literario como uno de los troncos más vitales a nivel nacional, en los cuales la presencia de poetas como Oquendo, Alejandro Peralta, Omar Aramayo, Efraín Miranda, Boris Espezúa no faltan. Y como se puede observar, después de este período sangriento y de profundo dolor yace una de las venas más ricas de la literatura nacional.

EN LA FOTO: Gabriel Apaza, Hugo Lipa Baldarrago, Edwin Sucari, Luis Pacho, Victor Villegas.
Una de las deficiencias de las currículas escolares en comunicación es que descontextualiza completamente a la literatura puneña, los maestros de comunicación y los especialistas de las diversas UGELs ignoran a la literatura regional y la condenan a no proponer planes lectores que promueva su conocimiento, pese a la masiva publicación de textos que se efectuara desde la UNA-Puno con la Biblioteca Puneña que fue entregada a las diversas instituciones educativas de toda la región, lo que tiene que ver con un claro menosprecio a la hermosa y rica literatura regional). PARA GORRITO
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